Aurelion no llegó al Tai Chi buscando “paz”. Llegó buscando aire.
Venía de años de empujar la vida con la frente: resolver, cargar, sostener, aguantar. Y aunque por fuera todo podía verse “bien”, por dentro había una tensión fina y constante, como un hilo apretando el pecho desde adentro. El ruido no era solo mental: era corporal. Una especie de urgencia sin nombre.
La primera vez que entró a una clase, se sorprendió de algo simple: nadie le pidió que creyera nada. Solo le dijeron: “Poné el peso en los pies. Aflojá la mandíbula. Mirá al frente sin apretar la mirada. Respiración natural.”
Eso lo descolocó. Porque él estaba acostumbrado a “hacer”. A forzar. A lograr. A medir.
Y ahí, de pie, con las rodillas apenas flexionadas, sintió la primera grieta en su viejo modo de existir: la práctica no le pedía que inventara algo… le pedía que dejara de interferir.
Al principio, Aurelion practicaba como practicaba todo: con hambre de resultados. Quería “coherencia”, quería “energía”, quería “centrarse” como quien quiere arreglar un auto. Hacía la forma con disciplina, corregía ángulos, contaba repeticiones, buscaba señales. Su mente se colaba en cada gesto como un supervisor.
Pero había algo que lo frustraba: los días “buenos” no dependían de su control. Había días en que todo se acomodaba solo. Y otros en que, por más técnica, no pasaba nada.
“El Tai Chi no me llevaba a una idea más elevada… me llevaba a una conducta más limpia.”
Una tarde, luego de una semana especialmente dura, llegó al entrenamiento con el corazón lleno de juicio. No estaba enojado con nadie en particular; estaba enojado con la vida. Con la gente. Con la incoherencia general. Con la humanidad. Con su propia incapacidad de sentir alivio.
Se paró. Hizo el saludo. Empezó lento.
Y de pronto se dio cuenta de una cosa incómoda: estaba practicando para escapar. Para sentirse mejor. Para “arreglar” lo que no le gustaba. Para anestesiar el dolor bajo una idea espiritual.
Se quedó quieto, con los brazos como sosteniendo una esfera. Sintió el temblor mínimo en los hombros, la respiración trabada, la mirada dura. Y por primera vez, no intentó corregirlo. No intentó “ser zen”. No intentó “elevarse”.
Solo lo vio.
Y en ese ver, algo se ablandó.
No fue una emoción grande ni una visión mística. Fue una rendija. Como cuando el sol entra por una cortina apenas corrida. Sintió que, abajo del juicio, había cansancio. Y abajo del cansancio, miedo. Y abajo del miedo… una ternura que no estaba siendo usada.
Ahí ocurrió el giro.
Aurelion entendió algo que no estaba en ninguna frase bonita: el Tai Chi no lo estaba llevando a una idea más elevada, lo estaba llevando a una conducta más limpia.
Porque en ese instante vio claro que “Amor” no era una sensación. Era una manera de estar. Y que si la práctica no cambiaba su manera de estar con los demás, entonces era solo gimnasia con poesía.
“Siempre practiqué para volverme el Amor en acción.”
Al día siguiente, volvió a practicar. Y algo fue distinto: ya no practicaba para alcanzar un estado. Practicaba para que el cuerpo aprendiera un lenguaje nuevo: el lenguaje del Sí.
Cada movimiento se volvió una decisión humilde:
— No apurar.
— No imponer.
— No endurecer.
— No invadir.
— No mentirme.
Empezó a notar que la práctica continuaba cuando terminaba la forma. En la forma en que contestaba un mensaje. En cómo miraba a alguien que pensaba distinto. En cómo decía “no” sin agredir. En cómo escuchaba sin preparar la respuesta.
Una tarde, un alumno nuevo le preguntó:
— ¿Y esto… para qué sirve?
Aurelion sonrió apenas, sin grandilocuencia. Y dijo algo que le salió desde abajo, como una verdad antigua:
— Para que el Amor deje de ser un concepto.
Para que se vuelva acto.
Y para que el acto sea tan natural… que ya no tenga autor.
Esa fue la marca de su dirección.
No era un lugar. Era un modo de caminar.
Nombre
Aurelion del Acto Vivo
Dirección
Sendero del Amor en Acción
Clave
Puerta 1 · Casa del Sí